julio 2009
Martin se sorprende porque no la encuentra. Se obliga a quedarse ahí a esperarla. Ella llegará.
Una mujer que él no conoce le dice: —No esperes más. Alicia se fue.
Martín alcanza la vereda de un salto, pero la señora de las palabras le hace un gesto para que no se acerque y apresura su paso.
El joven se llena de lágrimas y camina hacia el parque del lago. Cuando llega, el sol ya se tumba hacia el horizonte. Martín se sienta en la colina de césped verde y fresco, la más alta junto al espejo de agua. No tiene nada entre sus manos, todo se aparta de él, va encontrando un vacío sin color. Solloza, gime, llora. Levanta la cabeza en donde sólo suenan las palabras nefastas pero se hipnotiza con el baile de la brisa y una bolsa de nailon blanca. Aquel deambular quiebra lo estático de esa tarde de sol. Piensa que viene a invitarlo, o a parar su llanto o a llenar sus ojos enrojecidos. Baila para él, no se aleja.
Ahora, la bolsa juega dentro de un cantero de flores celestes. “Celestes, son sus ojos” piensa Martín. Subiendo y bajando va besando a cada matorral, y entonces recuerda los besos de Alicia, como una caricia, el roce de los labios amados que se prometen la pasión para más tarde. La bolsa blanca roza el agua plana, apenas. Se llena de viento y vuelve cerca de Martín. Roza su cabeza. El se extiende en el pasto para seguirla con una mirada que va despertando porque hay un imán hacia la danza blanca. Siguen los arabescos que le dan paz, la ve elevarse, bajar y subir. Martín se aliviana, entra aire en sus pulmones, los expande al máximo, da fuerza a su sangre de potrillo y corre detrás de ella porque su levedad siempre es más rápida que él. Sube para que sus brazos no la alcancen. Se infla de viento y tiemblan sus bordes; el trepidar deja su sonido en los oídos de Martín. Se va y vuelve para tocar el hombro del joven y sorprenderlo. Lo estremece una cosquilla. Corre tras esas figuras blancas de aire en danza y ríe.
Si Martín ha podido gozar a través de sus lágrimas, podrá con todo.
