Allí iba una nada que marchaba. Movía los pastos y en los árboles bajos hacía brisa.
Yo miraba y no era, pero la presencia me llamaba.
Mi caballo sacudió sus crines, cabeceó y me habló de lo mismo.
¿Colores? La noche negra.
Olor a pasto con rocío, gusto a miedo en la piel y en las patas nerviosas de mi caballo.
¿A donde íbamos?
Yo, a algún lado, no sé.
Seguimos, mi caballo y yo, cada cual con una ausencia que quiso ser presencia.
