Asomaba el sol entre los árboles del monte. La india estaba escondida sobre una roca plana entre las plantas del río. Cambió su último quejido por un capullo rosa que salió de entre sus piernas. Cortó con sus dientes el cordón que los unía. Tomó a su hijo, lo olió y su gusto fue suficiente para saber que no lo perdería. Le ofreció su pecho y el niño se llenó de blanco. Durmió el sueño del encanto, arrullado por los ruidos del río. Arué sabía que el alma de su hijo pendía de un hilo de plata. Lo tomó siempre como a una pluma, lo acarició como acarician las plumas, lo meció como lo hacen los juncos. Así creció el indiecito blanco de ojos diferentes.
Su padre llegó cuando al poner el oído sobre el camino, escuchó el temblar del cuerpo que paría. Después de correr y saltar espinas, los encontró. Una, poseída y amada. el otro, hecho de su semilla. Arué lo peinaba con una escobita de paja suave. Le hizo la raya al medio y ese hijo fue uno de los nuestros. Acariciaron su cabellera clara y amaron los ojos de colores combinados. Así somos y aquí estamos.
